El mito del metrónomo

A lo largo de mi vida he escuchado a muchos colegas enseñar a sus alumnos que el metrónomo es la herramienta indispensable para lograr una estabilidad rítmica. He escuchado repetidas veces que los ensayos individuales sin metrónomo generan una especie de anarquía rítmica y la consiguiente sensación de “desorganización”. Incluso como fórmula mágica recomiendan que para los “descompasados” la solución es el metrónomo.

Amén de la frustración que produce en el estudiante la múltiple actividad de leer, interpretar, afinar (si es canto o cuerda sin trastes), atender a los errores y correcciones además de tratar de seguir auditivamente el lapidario click, los resultados del uso del aparato hasta la fecha no han demostrado sino un temporalmente necesario rigor rítmico, útil solo para ayudar a frasear sin interrupciones una obra en fase de estudio.

¿Y qué hacemos con los descompasados? En realidad neurológicamente el descompasado no existe. Aceptemos que no es un trastorno ni una enfermedad y como tal, no puede ser curada. En neurología más bien se entiende como trastornos del movimiento que van desde una ataxia hasta una enfermedad de Parkinson. Incluso existe un estudio piloto donde se concluye que el estímulo sensorial mediante metrónomo “produce una mejoría significativa sobre los trastornos del equilibrio dinámico y la movilidad funcional en sujetos con enfermedad de Parkinson” (Seco-Calvo et al., 2019).

La naturaleza humana es visceralmente rítmica, se conoce de los efectos del ritmo en el comportamiento del ser humano. De hecho caminamos, hablamos, respiramos, escribimos con un ritmo determinado. entonces, dónde perdemos la capacidad de seguir “el compás”?

Definir lo indefinible…

A mi criterio y basado en mi experiencia (experimentación empírica en la mayor parte de los casos), uno de los mayores problemas del humano es la poca formalidad conceptual. No se les presta atención a las definiciones, no se encuentra utilidad ni trascendencia a determinar exactamente qué significan las palabras.

Poco a poco fui descartando (temporalmente) de la atmósfera educativa musical términos como el ritmo, o los tiempos, o el compás, los descarté porque en esencia no ayudan a la práctica del estudio instrumental. El único elemento que jamás desapareció fue el pulso, y curiosamente es la palabra con las definiciones más ambiguas (si acaso se encontraron más de 4)

Entonces ataqué por el lado más flaco, la definición. Debía ser exacta, comprobable, universal y sobre todo útil. Después de analizar y hacer pruebas (una vez más empíricas) las palabras se ordenaron así:

“Pulso es una sensación rítmica, repetitiva y constante que percibe el cerebro humano”

Solo faltaba comprobar la utilidad del concepto y efectivamente cuando se aplica en técnicas de lectura musical, que se explicarán en futuras entregas, demostró su efectividad al momento mismo de tocar un instrumento. Por lo pronto, se puede poner a prueba el concepto aplicando a cualquier fenómeno en que esté implicado el pulso, por ejemplo, en el corazón, el segundero de un reloj, el camina de una persona o un motor encendido.

Una vez entendido qué es el pulso, el metrónomo deja de ser una herramienta indispensable ya que lo que lleva al músico no es un click al que se sigue mediante el oído sino a la sensación rítmica, repetitiva y constante que un metrónomo debe generar.

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